Cuando la ciencia se rompe

En el teatro de la ciencia, los focos suelen apuntar a los investigadores. Ahora bien, detrás del telón, hay un equipo necesario para que la obra pueda continuar. El personal técnico que mantiene en funcionamiento los laboratorios y que se enfrenta a la maquinaria científica cuando ésta se detiene, es esencial en la investigación. En la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH), este grupo de reparaciones lo forman más de una decena de ingenieros y técnicos especializados en electricidad, electrónica, mecánica e informática. Ellos son los que acuden cuando la ciencia se rompe.

Salvador Sánchez Lledó y Manuel Bayonas Martínez comprobando el tubo de ensayo del sintetizador de microondas del laboratorio del profesor Ricardo Mallavia
Salvador Sánchez Lledó y Manuel Bayonas Martínez comprobando el tubo de ensayo del sintetizador de microondas del laboratorio del profesor Ricardo Mallavia

El sintetizador de microondas del laboratorio del profesor Ricardo Mallavia ha dejado de funcionar. Aunque, para ser precisos, no funciona como debería. Este aparato, que sirve para acelerar reacciones químicas mediante el uso de energía de microondas, tiene un problema: no genera suficiente presión. Mallavia, catedrático de Química inorgánica y miembro del Instituto de Investigación, Desarrollo e Innovación en Biotecnología Sanitaria de Elche (IDiBE) de la UMH, ha solicitado la ayuda del Servicio de Apoyo Técnico a la Docencia y a la Investigación, el SATDI.

Salvador Sánchez Lledó y Manuel Bayonas Martínez, dos de los técnicos de reparaciones, entran en el laboratorio. No llevan capas de superhéroes, sino un maletín de herramientas y una curiosidad que ejercitan desde que eran críos. “Yo crecí en un taller”, recuerda Lledó. Su primera acción no es desmontar el equipo. Escuchan a Mallavia y analizan la situación. Revisan el historial de la máquina en el ordenador. Los datos revelan una tendencia: con el paso del tiempo, el sintetizador de microondas no alcanza la presión necesaria y, por consecuencia, la temperatura idónea para producir la reacción química. Si funcionase de forma correcta, alcanzaría 30 bares de presión y 200 ºC, ahora apenas llega a una cuarta parte.

El trabajo de un técnico de reparaciones se asemeja al de un detective, sin embargo, la mayoría son ingenieros o tienen FP superiores. Según Sánchez Lledó, para ser un buen técnico se necesita un conocimiento amplio, tener maña con las manos y mucha paciencia, sobre todo, esta última.

El día a día es impredecible. La jornada de reparaciones empieza revisando los partes. Si el instrumental que toca arreglar es pequeño, se traslada a uno de los dos talleres situados en el edificio Torrepinet del campus de Elche. Si es grande o urgente, como el sintetizador de Mallavia, se desplazan ellos. El pan de cada día son los agitadores, también conocidos como mezcladores, dispositivos que se utilizan en los laboratorios de química y biología para mezclar líquidos o preparar disoluciones y suspensiones. Puede haber varios en cada laboratorio de la universidad, se usan mucho y los estudiantes los manipulan. Por eso se averían tanto. El reto de verdad llega con los equipos desconocidos o los que no tienen la documentación técnica a mano, explica Sánchez Lledó.

El arsenal de herramientas de los técnicos no se limita al de un electricista. Disponen de medidores de CO2, detectores de fugas para gases de refrigeración, un microscopio para soldaduras de precisión, etc. Además, recientemente, cuentan con una cámara térmica para localizar componentes que se sobrecalientan. Incluso han empezado a usar inteligencia artificial, que les ha ayudado para identificar piezas sin referencia o encontrar dónde comprar un repuesto.

En el laboratorio de Mallavia, las hipótesis surgen sobre la mesa. Podría ser un fallo del sistema de calentamiento, un problema del sensor de presión, una fuga… Para comprobarlo, inician un ensayo con agua. El sintetizador calienta. La temperatura asciende, pero la presión se mantiene atascada. Manuel Bayonas sospecha del sistema de sellado de los tubos donde se introduce la muestra.

En este punto se encuentra una decisión difícil de tomar: reparar o comprar. La ciencia es cara. El ingenio del personal técnico de la UMH supone un ahorro inmenso a la universidad. La jefa del SATDI Elena López Alonso explica que el taller de reparaciones generó un ahorro estimado de 54.000€ en el año 2024.

López Alonso da multitud de ejemplos. Desde sustituir un incubador de 10.000€ por una nevera de vinos modificada, hasta arreglar una placa base de un incubador de CO2 de 12.000€ por sólo 50€, en lugar de los 2.000 que costaba la reparación oficial. No obstante, toquetear los equipos tiene sus límites. Los técnicos no ‘tunean’ los instrumentos. Si se hace una modificación en un terminal que todavía está en garantía, se pierde el certificado, explica Bayonas. No pueden cambiar un componente por otro distinto ni mejorar sus prestaciones. El objetivo es que los equipos reparados sean seguros y funcionales.

Pero el mayor ahorro es intangible. “El tiempo que el equipo está sin funcionar es el dinero perdido”, comenta Bayonas. La rapidez de las reparaciones del SATDI es el aspecto que más valoran los investigadores. Eva del Río Pons, experta en la gestión y coordinación de recursos técnicos y responsable de organizar la logística del IDiBE, destaca esta inmediatez frente a las semanas de espera que puede suponer un servicio técnico externo. Esta idiosincrasia del SATDI ha protagonizado algunos hitos. Uno de ellos fue la reparación de un citómetro en el Instituto de Neurociencias UMH-CSIC, donde una intervención de dos horas de Fernando Valor evitó una factura de 20.000 euros para pagar a un técnico que venía desde Estados Unidos. Otro fue el traslado de un microscopio electrónico, una operación de 12.000 euros que el equipo realizó ideando un sistema con una bomba para mantener la estabilidad de la mesa antivibratoria. O cuando Manuel Bayonas diseñó desde cero un laberinto de ocho brazos para experimentos de conducta animal, un equipo que, según Eva del Río, tiene un coste elevado, cuesta unos 3.000€.

Nadie del SATDI dedica el 100% de su horario a las reparaciones. También, cumplen con otras tareas de apoyo a la docencia y a la investigación en sus respectivos laboratorios. Los técnicos se organizan de manera colaborativa para que cada miembro aporte parte de su tiempo. Los pilares son Manuel Bayonas y Salvador Sánchez, que dedican dos días a la semana y son perfil eléctrico-electrónico. Por otro lado, del Servicio de Innovación y Planificación Tecnológica, Fernando Valor Climent y Agustín Andrés Díaz Gálvez ayudan un día a la semana. La red se extiende por los campus. En Orihuela está José Joaquín García y en Sant Joan d’Alacant, Juan Tendero actúa como un primer filtro para diagnosticar averías. Además, cuentan con el apoyo de dos técnicos mecánicos para trabajos de torno o impresión 3D, un frigorista, Álvaro Daniel Fenoll Esclápez y un técnico informático, Pablo Urbano Hidalgo. Además, Susana Amat Sáez se encarga de que todo quede registrado.

De vuelta al laboratorio, Bayonas sigue comprobando el tapón del tubo de ensayo. Es una pieza de goma y plástico que se somete a altas temperaturas cada vez que se introduce en el sintetizador de microondas. Parece que se deteriora con el uso, las marcas de desgaste son evidentes. Antes de considerar un cambio costoso del sensor de presión, proponen una solución más lógica: probar con un tapón nuevo. Esta decisión refleja su filosofía. No buscan la solución más compleja, sino la más efectiva.

En general, prefieren la satisfacción de resolver un problema rápido gracias a su experiencia antes que una reparación larga y tediosa. Sánchez Lledó se acuerda de una avería de un espectrómetro de masas, un equipo de alta precisión que sirve para identificar la composición química de una muestra a nivel molecular. La máquina, valorada en unos 300.000 euros, hacía un ruido terrible y el simple hecho de abrirla daba miedo, confiesa.  La reparación fue compleja no por la avería en sí, sino por el respeto que impone un aparato con un sistema de doble bomba de presión y electrónica por todas partes. Tras una búsqueda tensa, descubrieron que el problema era “una tontería: un latiguillo suelto que vibraba contra el chasis. Encontrar algo así tras días de indagación genera más alivio que satisfacción”, expresa Sánchez Lledó. 

Curiosamente, se inclinan hacia las reparaciones de los equipos antiguos porque son más sencillas. Para Sánchez Lledó la razón “es que todo es más modular”, refiriéndose a que las piezas están separadas en bloques, lo que simplifica identificar el fallo. Esta facilidad para reparar su parte mecánica contrasta con su principal punto débil: los ordenadores obsoletos que los controlan. Han llegado a resucitar equipos que requerían sistemas operativos como Windows 98 y disqueteras de 3,5 pulgadas para que su software original pudiera seguir funcionando.

La prueba en el laboratorio de Ricardo Mallavia termina. El diagnóstico está claro y el plan de acción, definido. Salvador y Manuel guardan sus herramientas, pero su jornada sigue. Les toca ir al edificio Torreblanca para terminar de reparar un autoclave —un dispositivo usado para esterilizar material de laboratorio—, le tienen que cambiar el sensor de presión. Luego, aunque no saben si les dará tiempo, irán a sustituir unos transformadores quemados de la placa electrónica de control de una vitrina de gases —un equipo de seguridad que extrae los vapores tóxicos del laboratorio—. 

Su labor no acaba en las visitas a los laboratorios. Su impacto se extiende a la transmisión del conocimiento. Han organizado unas prácticas para que los estudiantes de ingeniería aprendan a realizar reparaciones. Al final, es una vocación que se nutre de la propia comunidad universitaria.

Sánchez Lledó concluye que lo que más le ha gustado de estos años es descubrir todos los rincones del campus y conocer a tanta gente. La ciencia, a veces, se rompe, se desgasta. Pero gracias a este equipo del SATDI, casi siempre tiene una segunda oportunidad. Su labor, a menudo invisible, garantiza que el motor de la investigación nunca se detenga por completo. 

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