La resistencia de la trashumancia
Autoría: Dilcia A. Tuozzo y Diego de la Encina
El aire helado de la mañana en la Sierra de Segura apenas da tregua, pero el fuego ya está encendido para preparar el desayuno antes de reanudar la marcha. Pablo Martin Avidad, investigador predoctoral del Área de Ecología de la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH), vivió esta escena de primera mano. Avidad cambió el laboratorio por las cañadas —vías pecuarias diseñadas para el tránsito del ganado— y junto a un rebaño de ovejas y sus pastores trashumantes, se embarcó en un viaje de siete días a pie. Durante ese tiempo caminaron aproximadamente 20 kilómetros diarios y recorrieron una de las últimas grandes rutas de trashumancia activas. La rutina era exigente. Mientras los pastores y los perros guiaban a los animales por el monte, un vehículo de apoyo conducido por el «hatero» avanzaba por carretera y llevaba las provisiones y las tiendas de campaña.
La trashumancia es un sistema tradicional de pastoreo móvil basado en desplazamientos estacionales y cíclicos en busca de pastos frescos. A través de los pasos, Avidad, realizó el trayecto desde La Matea, en la alta montaña de la Sierra de Segura, hasta las zonas bajas de Vilches, en Jaén. Su experiencia sirve como hilo conductor para comprender la importancia para los montes de que estas ovejas sigan caminando.


De la cañada al camión
Durante siglos, el movimiento del ganado marcó el ritmo de la economía española bajo la protección de El Honrado Concejo de la Mesta, una organización gremial de ganaderos trashumantes que llegó a gestionar el paso de casi cuatro millones de ovejas a finales del siglo XVIII. En aquel entonces, la lana era para España lo que el petróleo es hoy para algunos países: su mayor fuente de riqueza. Se exportaba a toda Europa para hacer tapices y ropa de lujo. Hoy en día la lana ya no es tan rentable tras la llegada de las fibras sintéticas. La situación ha cambiado y el rebaño con el que caminó Pablo Martin Avidad está compuesto por ovejas de raza segureña, criadas por su carne y no por su vellón.
Durante los primeros años del siglo XX, las vías pecuarias aún albergaban el paso de un millón y medio de ovejas. No obstante, el desarrollo industrial de los años sesenta supuso un punto de inflexión que provocó el declive de esta práctica. Esta situación ha llevado a la mayoría de los ganaderos a sustituir paulatinamente las cañadas por el uso de camiones y ferrocarriles.
Pese a esta caída generalizada, España todavía conserva la trashumancia tradicional a pie en un 10% de los desplazamientos interregionales. Esta realidad contrasta con la de otros países vecinos como Francia, donde los trayectos que superan los 10 kilómetros de distancia se efectúan de forma motorizada.
Beneficios ecológicos de la trashumancia
En este contexto, el investigador de la UMH en el Área de Ecología, Jomar Magalhaes Barbosa, explica que la trashumancia es una herramienta importante para mantener los pastizales y la biodiversidad en equilibrio ecológico. Al trasladar el ganado estacionalmente, se evita el sobrepastoreo, debido a que los animales consumen forraje que de otro modo se marchitaría en verano, mientras que su ausencia durante la mitad del año permite que los pastos se recuperen. Este consumo estratégico previene la invasión de arbustos, llamada “matorralización” o «resilvestración pasiva», donde las plantas leñosas y matorrales dominan el terreno y ocupan el espacio de los antiguos pastos.
Asimismo, el ganado dispersa semillas principalmente al transportarlas por rutas como las que recorrió Martin Avidad. Esta dispersión a larga distancia es un servicio ecosistémico que funciona como corredor ecológico, lo cual ayuda a prevenir el aislamiento y garantizar la conectividad y el intercambio genético de las especies silvestres frente a la fragmentación.
Adicionalmente, el comportamiento natural del ganado favorece el establecimiento de estas plantas en su nuevo entorno. A través de la alimentación selectiva, el pisoteo del terreno y la excreción de estiércol, los animales alteran positivamente la estructura del suelo, la biomasa vegetal y dinamizan el ciclo de nutrientes. Estos procesos combinados no sólo garantizan la dispersión geográfica de las especies vegetales, sino que también crean condiciones óptimas para la regeneración del suelo.
Como valor añadido, esta práctica tradicional previene los incendios forestales al reducir la biomasa combustible de forma natural. Simultáneamente, ayuda a mitigar el calentamiento global. Los pastizales en sistemas de pastoreo extensivo trashumante actúan como sumideros de carbono y reducen las emisiones de CO2 debido al bajo insumo de materias primas necesarias para el manejo y gestión de los rebaños, como la producción y transporte de pienso.
El delicado límite del sobrepastoreo
Sin embargo, aunque el pastoreo ayuda a los ecosistemas en muchos sentidos, si en una zona hay demasiados animales comiendo pasto, la vegetación se vuelve más frágil y reacciona de forma exagerada al clima. Esto significa que las plantas se vuelven totalmente dependientes del agua —si llueve crecen muchísimo— pero al mismo tiempo, sufren más cuando hay altas temperaturas. No tener raíces profundas (al tener que rebrotar constantemente) y perder la humedad del suelo muy rápido por el calor, hace que las plantas experimenten un impacto negativo mucho mayor y su supervivencia queda condicionada totalmente a la disponibilidad de lluvia.

Cómo unir tecnología y tradición
Para equilibrar esta balanza, investigadores de la UMH —entre los que estaban Jomar M. Barbosa, Pablo Martin Avidad y José A. Sánchez Zapata— junto a investigadores de la Universidad de Murcia colocaron collares GPS en varios rebaños en el municipio de Santiago-Pontones, en la provincia de Jaén. Estos datos, cruzados con imágenes satelitales y de drones, permite crear mapas de alta resolución sobre la presión que ejerce el ganado en un monte ya vulnerable al clima.
Esta tecnología tiene un doble beneficio. Por un lado, permite identificar qué zonas de pasto necesitan un descanso. Por otro lado, facilita enormemente la dura vida del pastor. Como relata Avidad, un ganadero ya no tiene que hacer 20 kilómetros en coche en medio de una tormenta para comprobar si su rebaño está a salvo; le basta con mirar su teléfono móvil para ver la ubicación exacta de los animales.
La experiencia tanto de Pablo Avidad como de Jomar M. Barbosa demuestra que, si bien la trashumancia es una herencia cultural, mantener a las ovejas segureñas caminando por las cañadas no solo es un acto de resistencia frente a la inmediatez moderna, sino una herramienta ecológica para mantener vivos, conectados y resilientes a los ecosistemas. Al final, explica Avidad, la trashumancia a nivel ecológico es como una migración »artificial» mediada por el ser humano, permite la coexistencia de una actividad productiva con la biodiversidad de los pastos.
Otra lente para observar la España vacía
El relato sobre lo rural suele oler a despedida. Casas vacías, persianas bajadas y silencio. Los pueblos europeos con poco censo acaparan titulares tristes. Esta visión ahuyenta el interés general, por lo que urge impulsar una narrativa optimista. Toca destacar el potencial de esos entornos y sus opciones de futuro.
El estudio sobre la revitalización de lo rural, publicado en la revista Journal of Rural Studies, plantea otra mirada. El trabajo ha sido realizado por los investigadores Emilio Hernández López, Laura Martínez Carrasco y Margarita Brugarolas del Instituto de Investigación e Innovación Agroalimentario y Agroambiental (CIAGRO-UMH). En él se propone el término «vivacidad rural», que se define como las oportunidades que permiten a los habitantes rurales desarrollar sus vidas sin las dificultades derivadas de su ubicación geográfica.
La investigación presenta una doble revisión de multitud de textos académicos: una realizada por los propios autores y otra mediante inteligencia artificial generativa. La comparación de ambos procesos permite identificar y cuantificar los factores determinantes para la vivacidad de los territorios rurales. Los descubrimientos revelan la importancia del bienestar social y la economía. Un municipio dinámico necesita empleo, un sector primario fuerte y unos ingresos adecuados. Además, infraestructuras sólidas, atención médica, escuelas y movilidad ágil.
Conocer estas fortalezas facilita el diseño de políticas eficaces. Fomentar el agroturismo, desplegar redes de fibra óptica, mejorar las infraestructuras para reducir los tiempos necesarios para el acceso a los servicios médicos y la asistencia a los centros educativos o fomentar el emprendimiento, favorecen el arraigo de sus habitantes y atraen a nuevos vecinos. Los territorios rurales deben abandonar su etiqueta de vulnerables, para ser espacios vivos y acogedores.
