¿Las artes marciales fomentan la violencia?

Las artes marciales suelen asociarse a la defensa personal, la competición o el combate. Sin embargo, muchas de ellas incorporan también una importante dimensión educativa. Más allá del aprendizaje técnico, disciplinas como el judo, el aikido o el taekwondo incluyen normas de comportamiento, códigos éticos y dinámicas de trabajo que fomentan habilidades sociales y emocionales. 

Diversas investigaciones han relacionado la práctica de artes marciales con mejoras en aspectos como el autocontrol, la regulación emocional, la autoestima, la empatía, la cooperación o el respeto a las normas. Estas capacidades forman parte del llamado desarrollo psicosocial, es decir, del conjunto de habilidades que permiten relacionarse con otras personas, gestionar conflictos y desenvolverse de forma adecuada en distintos entornos sociales. 

Esto no significa que cualquier práctica de artes marciales reduzca automáticamente las conductas violentas. Sin embargo, cuando se enseñan con una orientación educativa y se integran en programas estructurados, pueden convertirse en una herramienta útil para promover habilidades sociales y emocionales asociadas a una mejor convivencia. 

Entre estas disciplinas destaca el judo, un arte marcial creado en Japón en 1882 por el educador Jigoro Kano (嘉納 治五郎). Aunque hoy es un deporte olímpico practicado en todo el mundo, su origen fue eminentemente pedagógico. Kano concibió el judo como una herramienta para favorecer el desarrollo físico, intelectual y moral de la persona y contribuir así a la construcción de una sociedad mejor. 

Como deporte, el objetivo del judo consiste en desequilibrar al oponente y proyectarlo al suelo, inmovilizarlo o forzar su rendición mediante técnicas muy reguladas. Sin embargo, su filosofía va mucho más allá del combate. El judo se basa en dos principios fundamentales: Seiryoku-Zenyo (精力善用), que puede traducirse como «máxima eficacia con el mínimo esfuerzo», y Jita-Kyoei (自他共栄), que significa «bienestar y beneficio mutuos». 

Estos principios están presentes en la práctica cotidiana. Aprender una caída segura exige confianza y colaboración entre compañeros. Los ejercicios por parejas requieren comunicación constante y atención hacia las necesidades de la otra persona. Las situaciones de oposición se desarrollan bajo reglas estrictas que premian el control y penalizan las conductas agresivas. Del mismo modo, el principio de Jita-Kyoei transmite la idea de que el progreso individual solo tiene sentido cuando contribuye también al bienestar de los demás. 

Un judoca proyecta a su oponente durante una competición. Aunque el judo es un deporte de combate, fue concebido originalmente por Jigoro Kano como una herramienta educativa basada en el respeto, la cooperación y el autocontrol. Fotografía: Schnuffel2002 / Wikimedia Commons.https://en.wikipedia.org/wiki/Judo#/media/File:Judo_throw.jpg

Por estas razones, numerosos especialistas consideran que el judo puede constituir una herramienta útil para trabajar habilidades relacionadas con la convivencia escolar, como la empatía, el control de impulsos, la cooperación, la responsabilidad o el respeto a la diversidad.

Precisamente sobre esta base, investigadores de la Universidad Miguel Hernández de Elche desarrollaron el programa educativo A-Judo. Los estudios realizados hasta la fecha muestran que el alumnado participante redujo las conductas de acoso escolar y mejoró variables como la empatía, el razonamiento moral y el control de impulsos. 

Lecturas adicionales:

Agradecemos a los investigadores del Centro de Investigación del Deporte de la UMH Carlos Montero y Paula Alfonso la revisión científica de este artículo.

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