Un cinéfilo en el laboratorio
El cine prefiere el desastre. Vende más una pandemia global que un yogur fermentado. El espectador medio busca la adrenalina del contagio, el miedo a lo invisible, la certeza de que un bicho diminuto acabará con la civilización. Sin embargo, el profesor del Área de Microbiología de la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH), Manuel Sánchez Angulo, decide mirar hacia otro lado. Aparta la vista de la catástrofe y se fija en lo positivo de la microbiología.
Sánchez Angulo ha publicado un artículo titulado ‘Positive Microbiology in the Movies’. Lo ha hecho en la revista Microbial Biotechnology. Su premisa rompe con el cliché. El profesor sostiene que el cine comercial, ese que devoramos con palomitas, sirve para combatir la germofobia. La sociedad teme a los microbios. Los asocia con la suciedad y la muerte. Él, en cambio, los ve como aliados para la vida, la comida y el futuro.
El docente se cuela en el aula como un proyeccionista. Utiliza fragmentos de películas, microclips de menos de cinco minutos, para despertar a estudiantes que quizás se duermen entre lecciones teóricas. No busca el rigor documental. Busca el impacto emocional que solo el séptimo arte consigue.
Esto va de mierda
Hay que tener estómago para ver el futuro en un montón de estiércol, pero el cine encuentra oro en la basura. Sánchez Angulo rescata una joya del cine postapocalíptico para explicar la bioeconomía circular: Mad Max Beyond Thunderdome (1985).

El mundo se ha ido al garete. No queda petróleo. Mel Gibson llega a Negociudad, un lugar gobernado por una Tina Turner vestida de cota de malla y hombreras imposibles. Este sitio es curioso, además de por las hombreras imposibles, porque en el subsuelo hay una planta de biogás alimentada por cerdos.

El profesor de la UMH utiliza esa escena sucia y sudorosa, donde Tina Turner explica el funcionamiento de la planta, para hablar de biometano. Los cerdos producen estiércol. Los microbios fermentan el estiércol. El metano genera electricidad. La electricidad permite criar más cerdos. Es el ciclo de la vida explicado entre óxido y cuero. Si el apocalipsis llega, el paper nos recuerda que saber manejar bacterias metanógenas es más útil que saber disparar una ballesta.
Esta fascinación por lo que desechamos se repite décadas más tarde en Marte. En The Martian (2015), Matt Damon se queda solo en el planeta rojo. Tiene hambre y tiene patatas crudas. Le falta suelo fértil para cultivarlas. La solución es escatológica, utiliza sus propias heces para cultivar.

Sánchez Angulo señala aquí el principio de Lourens Baas Becking: «Todo está en todas partes, pero el ambiente selecciona». El intestino humano tiene microbios capaces de colonizar la rizosfera —la zona del suelo de 2-5 mm que rodea las raíces de las plantas—. Damon crea un ecosistema en un invernadero marciano. El profesor, puntilloso, señala un error en la cinta: cuando el habitáculo explota y se despresuriza, en la película se da a entender que las bacterias mueren congeladas. Falso. Un simple vistazo al congelador de cualquier laboratorio de la UMH desmiente ese drama. Las bacterias aguantan el frío; solo ‘duermen’. A pesar del fallo, la lección queda: la supervivencia pasa por entender la caca.

Y si de limpiar mundos se trata, no se puede superar a la animación japonesa. Hayao Miyazaki, en Nausicaä of the Valley of the Wind (1984), dibuja un planeta tóxico cubierto por bosques de hongos venenosos. La humanidad vive pendiente de hacia dónde sopla el viento cargado de esporas letales. La protagonista, una princesa micóloga, descubre la verdad experimentando en el sótano de su castillo. Los hongos no matan, limpian. Absorben la contaminación del suelo para purificarlo.

El origen de esta idea es algo trágico. Miyazaki se inspiró en el desastre de la bahía de Minamata donde una fábrica vertió mercurio durante 1932 y 1968. Las bacterias del sedimento transformaron ese sulfato de mercurio en metilmercurio, un veneno que destrozó el sistema nervioso de la población local. El cineasta convirtió una catástrofe de biomagnificación en una fábula sobre biorremediación. El hongo, villano aparente, es el héroe.
Un poquito de fermentación nunca viene mal
Dejamos los residuos y pasamos a la mesa. La microbiología tiene una deuda pendiente con el paladar. El cine suele ignorar que, sin ‘bichos’, la gastronomía sería aburrida. Sánchez Angulo reivindica las películas que celebran el «buen comer» microbiano.
En French Kiss (1995), Kevin Kline observa atónito a una Meg Ryan que, entre bocado y bocado, dice que existen 452 quesos oficiales en Francia y todos son, en esencia, un proceso bacteriano. El profesor usa este clip para introducir la fermentación láctica. Al final, la diferencia entre la leche pasada y un Camembert gourmet es solo cuestión de control microbiano. Por cierto, lo de los 452 quesos fue en el 95. En 2015, le Centre National Interprofessionnel de l’Economie Laitière (Centro nacional interprofesional de la economía lechera) enumeró 1.200 variedades.
La microbiología se viste de etiqueta en el vino. Ridley Scott, el director que nos asustó con alienígenas, también sabe rodar levaduras. En A Good Year (2006), lleva a Russell Crowe a la Provenza. Hay una escena que vale por un máster en enología. Un niño y su tío miran el interior de una barrica abierta. La superficie burbujea. El niño explica el origen latino de la palabra fermentación: fervere, hervir. Las levaduras nativas devoran el azúcar de la uva, orinan alcohol y eructan dióxido de carbono.

La obsesión vinícola continúa en Bottle Shock (2008). La película narra el famoso juicio de París de 1976, cuando los vinos de California derrotaron a los franceses en una cata a ciegas. Aunque la cinta se centra en el drama humano, Sánchez Angulo la aprovecha para hablar del terroir, del estrés hídrico de la vid y de defectos del vino blanco como el pinking (pardeamiento), causado por la oxidación de polifenoles si no se cuida el ambiente reductor.

El whisky también tiene su momento de gloria. Ken Loach, el cineasta de la clase obrera, dirige The Angels’ Share (2012). Un grupo de delincuentes escoceses visita una destilería. Allí aprenden que, durante el envejecimiento en barrica, una parte del alcohol se evapora. Los destiladores lo llaman «la parte de los ángeles». Es una pérdida económica, pero una ganancia poética que el microbiólogo utiliza para explicar la fermentación de la malta.
La cocina moderna no se escapa del microscopio. La serie The Bear (2022) retrata el estrés de la alta cocina. Carmy, el chef protagonista, intenta poner orden en el caos. En el quinto episodio, entrega a su pastelero un libro sagrado: The Noma Guide to Fermentation. El tomo es real. Escrito por David Zilber y René Redzepi en 2018. Es la biblia del restaurante Noma. El ejemplar enseña a hacer miso, garum — la salsa de pescado fermentado tan famosa en la antigua Roma—, vinagres… El espectador ve un libro y Sánchez Angulo, un manual de seguridad alimentaria, control de pH y química.

El futuro sabe a papilla
En el cine futurista la ciencia avanza, pero el menú empeora. Las distopías de ciencia ficción nos advierten sobre el hambre y nos ofrecen soluciones poco apetecibles basadas en la proteína unicelular (SCP, de sus siglas en inglés).
El Charlton Heston de Soylent Green (1973) sobrevive en un 2022 superpoblado comiendo unas galletas supuestamente hechas de ‘microalgas planctónicas’. En The Matrix (1999), Neo escapa de la simulación para encontrarse con una papilla blanca y grumosa. «Proteína unicelular combinada con aminoácidos sintéticos, vitaminas y minerales», le dice Dozer.
El autor de ‘Positive Microbiology in the Movies’ proyecta estas escenas y pregunta a sus alumnos si comerían eso. La respuesta suele ser una mueca de asco. Entonces, con la ironía del experto, les muestra fotos de productos del supermercado: Quorn (micoproteína de hongos) o Uniprotein (bacterias). Ya lo estamos comiendo. La ficción pinta la SCP como un castigo y ahora se vende como una alternativa sostenible y vegana.
La biotecnología futurista también aparece en Blade Runner (1982). Más allá de los replicantes, hay un detalle que obsesiona al profesor. En el minuto 46, Deckard, el jovencito Harrison Ford, analiza una escama de serpiente artificial y encuentra un número de serie físico impreso en ella. Ridley Scott anticipó la vida sintética con copyright. Hoy, científicos como Craig Venter insertan ‘marcas de agua’ —firmas codificadas dentro del propio ADN— en el genoma de bacterias sintéticas como Mycoplasma laboratorium. El cine neo-noir predijo la patente genética antes de que pudiéramos secuenciar el ADN.
El sueño de terraformar otros mundos es otro tema recurrente de la ciencia ficción y, de nuevo, pasa por los microbios. En Red Planet (2000), la humanidad siembra Marte con algas para fabricar oxígeno. La película luego desvaría con insectos gigantes, pero esos minutos iniciales sirven para explicar la fotosíntesis a escala planetaria. O Europa Report (2013), un falso documental que envía astronautas a la luna de Júpiter. Allí, bajo el hielo, encuentran vida. No hombrecitos verdes, sino “organismos coloniales bioluminiscentes”. Es una astrobiología de cine que refleja las esperanzas reales de misiones como la Europa Clipper.

Egos, batas y censura
Esta crónica no estaría completa sin los científicos. Esos seres humanos que se esconden en laboratorios oscuros y que cobran menos de lo que deberían. El cine clásico de los años 30 y 40 creó el arquetipo del «cazador de microbios», inspirado en el libro de Paul de Kruif.
En Arrowsmith (1931), vemos la cara amarga de la investigación. El protagonista descubre los bacteriófagos, los virus que infectan exclusivamente a las bacterias. Lejos de ser una amenaza, esto supone el santo grial. Si el virus mata a la bacteria que te está enfermando, tienes el antibiótico perfecto. Pero su euforia se derrumba cuando descubre que Felix d’Herelle ya ha publicado lo mismo. El cine capta el dolor de ser el segundo en descubrir algo. Muestra la presión por ‘publicar o perecer’, un mal endémico de la academia que no ha cambiado en un siglo.

The Story of Louis Pasteur (1936) convierte la microbiología en lucha política. Pasteur, además de pelear contra el ántrax o la rabia, pelea contra el establishment médico que lo tacha de loco. Su triunfo es el de la razón frente al dogma. Y en Dr. Ehrlich’s Magic Bullet (1940), la lucha es contra la censura. Paul Ehrlich busca la cura de la sífilis —producida por la bacteria Treponema pallidum—. El estricto código moral de Hollywood prohibía mencionar enfermedades venéreas, pero aquí el censor tuvo que ceder ante la lógica. Era absurdo no nombrar la patología en una película dedicada a su cura. Eso sí, la concesión fue mínima. La palabra «sífilis» se pronuncia con cuentagotas. Los guionistas lograron contar la historia de la introducción del fármaco arsfenamina (el Salvarsán) sin ofender la moral de la época. Como curiosidad que apunta el profesor, la palabra que sí se omitió por completo fue «judío». Se borró del guion el origen del protagonista.
El cine clásico adora al héroe solitario, pero la ciencia en la vida real es un deporte de equipo. Sánchez Angulo destaca una producción más reciente de la BBC que pone los puntos sobre las íes, Breaking the Mould (2009). Aquí no se narran las casualidades que tanto gustan al público —esas esporas que entran por la ventana y ¡puf! medicamento—. La cinta cuenta el trabajo sucio de Howard Florey y Ernst Chain entre 1938 y 1943 para purificar la penicilina.

Breaking the Mould muestra la purificación y la extracción de la penicilina antes de ser procesada químicamente, los ensayos con ratones y la falta de dinero. También aborda el conflicto de egos. Fleming intenta llevarse el mérito del descubrimiento, pero la película reivindica a quienes convirtieron una curiosidad de laboratorio en un fármaco real. La cara B del Nobel, vaya.
Los monos animados, como decía tu abuela
La educación microbiológica empieza en la infancia. El profesor señala que explicar lo invisible a un niño requiere imaginación y, a veces, elefantes. Pero antes, un clásico de Disney. En Fantasia (1940), el segmento de ‘La consagración de la primavera’ irritó a Stravinsky por el arreglo musical, pero acertó en la ciencia.
Los animadores ilustraron la hipótesis de la abiogénesis de Oparin y Haldane. Volcanes, rayos y un mar agitado crean el «caldo primigenio» que dará origen a la vida. En pocos minutos, Disney resume 3.500 millones de años de evolución. De la sopa química a una euglena nadando —un organismo unicelular— y, de ahí, al dinosaurio. Todo sin una sola línea de diálogo.
Más reciente es Horton Hears a Who! (2008). Un elefante, Horton,escucha un grito en una mota de polvo. Al acercarse, descubre que en esa partícula flota todo un mundo en miniatura, ‘Villaquién’ (Whoville), habitada por los microscópicos ‘Quién’ (Whos). El resto de la selva, sin embargo, toma por loco a Horton. El guion adapta el libro de Dr. Seuss, quien escribió la historia tras visitar Hiroshima en 1953. La devastación nuclear le cambió la mentalidad.

Sánchez Angulo rescata esta historia para ilustrar el problema de la escala espacial. Explicar a un niño (o a un adulto escéptico) que existen seres invisibles capaces de matarnos o de salvarnos es tan difícil como convencer a un canguro de que una mota de polvo tiene alcalde. El mantra de la película, «una persona es una persona, por pequeña que sea», se convierte aquí en la primera regla del microbiólogo: un bicho es un bicho, por invisible que sea.
¡Eso es to… eso es to… eeeesto es todo amigos!
Cuando se encienden las luces del aula, la pantalla vuelve a blanco. Los estudiantes de la UMH parpadean, regresan de Marte, de la Francia quesera, de un futuro distópico o, algunos, de de una cabezadita reparadora. El profesor de Microbiología de la UMH Manuel Sánchez Angulo apaga el proyector, pero la verdadera lección empieza ahí fuera.
Su objetivo no es tanto formar a críticos de cine, como enseñar a mirar. El séptimo arte, espejo de los miedos, suele vencer a la infección y al pánico. Los microbios son los protagonistas de nuestra existencia y, por ello, del cine. Son los que limpian nuestra basura, fermentan nuestro vino y, tal vez, nos permitan pisar otros planetas. La vida es un guion escrito por bacterias. Nosotros solo somos los figurantes.
Sánchez‐Angulo, M. (2025). Positive microbiology in the movies. Microbial Biotechnology, 18(9), e70085. https://doi.org/10.1111/1751-7915.70085