El algoritmo de la depresión: cómo las redes sociales atrapan a los jóvenes
Lamiae Belghanou Tarhouli, alumna del Máster Máster Universitario en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Conjunto UA/UMH/UV
El debate sobre la edad mínima para acceder a las redes sociales ha cobrado fuerza en España tras el anuncio del gobierno de limitar el acceso a menores de 16 años, una medida que genera tanto dudas como expectativas. Más del 95% de los menores está presente en al menos una red social, según el informe Redes Sociales y menores publicado por la Oficina C del Congreso de los Diputados. Pero, ¿qué dice la ciencia al respecto?
Tras seguir a 2.121 adolescentes durante tres años, un estudio de la Universidad Miguel Hernández revela que existen edades críticas para el acceso a las redes sociales. La evidencia apunta a que los jóvenes de 13 años son los más vulnerables, ya que a esa edad el uso intensivo de redes sociales se asocia con un aumento de los síntomas depresivos. Sin embargo, esta relación se invierte a los 16 años, cuando una mayor frecuencia de uso se vincula con una ligera disminución de dichos síntomas.

El estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Miguel Hernández y publicado en Scientific Reports, subraya que el verdadero riesgo no radica en el tiempo que los adolescentes pasan en las redes sociales, sino en el “uso problemático”: la pérdida de control y los sentimientos de necesidad de conectarse. Según los autores, este uso problemático impacta más en la salud mental que la cantidad de horas frente a la pantalla. El riesgo aumenta cuando la falta de autorregulación en las redes impide que los adolescentes cumplan sus objetivos cotidianos, lo que provoca consecuencias negativas en su vida diaria, como explica Daniel Lloret, profesor de la UMH y responsable del estudio: “No poder ejecutar tus planes porque el impulso de las redes te domina es la clave”.
Por ello, advierten que entregar un smartphone sin educación previa es arriesgado: “Enseñamos a conducir a nuestros hijos antes de comprarles un coche o una moto. Si primero les regalas el coche y después les enseñas, ocurren accidentes”, ejemplifica María Blanquer, primera autora del estudio. La capacidad para navegar de forma menos vulnerable en redes sociales se consolida progresivamente con la edad. El estudio afirma que, a los 16 años, el uso de las redes sociales deja de asociarse a un aumento de síntomas depresivos, que sí se observa en etapas más tempranas.
Tener más seguidores también influye, lo que se asocia a un aumento de síntomas depresivos entre las chicas. En los chicos, en cambio, el efecto resulta ligeramente protector: la audiencia digital no impacta de la misma manera según el género. “En el caso de las chicas, el tener una mayor exposición debido a un mayor número de seguidores podría estar relacionado con la validación social y la presión estética”, reflexiona Blanquer, aunque se trata de una hipótesis que, explica, requiere más investigación.

Esta relación se intensifica cuando a la ecuación se suma la frecuencia de uso: en chicas que utilizan las redes con poca frecuencia, un alto número de seguidores genera presión adicional sobre su bienestar emocional. “El efecto de los seguidores es muy curioso; debemos investigar un poco más cómo influyen”, reflexiona la investigadora de la UMH. Los hallazgos muestran que la percepción de la audiencia y la exposición digital no afectan a todos los adolescentes de igual manera: la edad, el género y los patrones de uso son determinantes.

¿Cómo saber si tu uso de redes sociales es problemático?
Utilizar las redes sociales frecuentemente no implica automáticamente un problema. La diferencia fundamental no está solo en el número de horas que pasamos navegando, sino en el impacto que ello tiene en nuestra vida cotidiana y el grado de control que mantenemos sobre él.
El llamado “uso problemático de redes sociales” no equivale a “estar mucho tiempo conectado”. Como explica el investigador Daniel Lloret, se trata de un constructo, es decir, una forma de agrupar varios indicadores que nos permiten medir en qué momento el uso empieza a generar consecuencias negativas. “Va más allá de la frecuencia y supone que haya algún tipo de impacto en la vida diaria, tanto a nivel personal como psicosocial”, señala.
Aunque el uso de redes sociales no está reconocido como una conducta potencialmente adictiva, existe un acalorado debate entre los profesionales de la salud mental, académicos, educadores y madres y padres. En adolescentes, este uso problemático suele evaluarse a partir de varios criterios básicos. Uno de los elementos preocupantes es cuando el uso de redes sociales interfiere en diversos ámbitos de desarrollo saludable, por ejemplo en las relaciones sociales, el estado de ánimo o el rendimiento académico.
El siguiente criterio plantea la situación de haber intentado previamente reducir el tiempo de uso sin conseguirlo, un criterio que refleja la dificultad de control del adolescente. Además, que este sienta un impulso automático de conectarse o revisar su móvil, incluso sin una necesidad concreta, es otro de los factores que se tienen en cuenta al determinar el uso problemático de redes. Finalmente, otro aspecto relevante al medir este constructo es si hay existencia de conflictos familiares relacionados con el tiempo dedicado a las redes sociales.
“No hay una relación exacta entre dosis y consecuencias; hay factores personales y del entorno que modulan ese efecto”, explica Lloret. Es decir, el tiempo dedicado a estas plataformas es relevante y requiere un control, pero no suficiente para determinar si existe un problema.
Hablar de uso problemático en redes sociales no implica necesariamente considerar esta conducta como un trastorno. De hecho, este término se utiliza precisamente para evitar patologizar automáticamente y centrarse en algo más concreto: si la conducta afecta al bienestar, a las relaciones sociales o, en general, al funcionamiento diario. Esa diferencia entre cantidad de uso y consecuencias reales es la que permite distinguir entre un hábito frecuente y un uso que empieza a crear dificultades en la vida.
Foto de Leila Abboud.
Además de estas variables, hay un factor determinante: el estado emocional y los síntomas depresivos previos de los jóvenes influyen decisivamente en la evolución de la depresión. Según la investigadora, “el uso problemático de las redes sociales del año anterior, así como el promedio de los dos años siguientes, predice muy bien la sintomatología depresiva; es la variable más fuerte para anticipar la evolución de la depresión”. Los adolescentes con vulnerabilidad emocional son los más susceptibles a que el uso problemático de las plataformas intensifique su malestar.
Formar a los jóvenes en el uso responsable de las redes sociales y en la gestión de la exposición digital es central. “A nivel relacional o emocional hay mucho que aprender: privacidad, huella digital, ética, respeto…es lo mínimo que hay que enseñar”, reflexiona Lloret, que advierte que, sin embargo, la responsabilidad no recae solo en los usuarios: “Prohibir no resuelve el problema. Es un gesto importante, pero no se puede cargar las tintas sobre los propios usuarios, los adolescentes o sus padres y madres. Estamos hablando de empresas hipermillonarias, las más ricas del mundo, con una capacidad bestial para modificar la percepción social y la autopercepción. El algoritmo es su producto, y debería ser transparente”.
La evidencia científica señala los 16 años como un punto de inflexión en el desarrollo, un momento en el que el impacto emocional de las redes se estabiliza. Más allá de la cifra, el estudio evidencia que la protección de los más jóvenes no depende simplemente de una prohibición, sino de la combinación de diversos elementos: madurez, detección de vulnerabilidades previas, supervisión y educación, y una transparencia real por parte de las plataformas tecnológicas.

El estudio ha sido financiado por la Dirección General de la Consellería de Industria, Turismo, Innovación y Comercio de la Generalitat Valenciana (España).
Blanquer-Cortés, M., Estévez, E., Estévez-García, J. F., y Lloret-Irles, D. (2025). Effects of problematic social media use on depressive symptoms. Scientific Reports, 16(1), 201. https://doi.org/10.1038/s41598-025-29258-x