El oro: 79 electrones de puro ‘bling’

El oro nació en el corazón de las estrellas, viajó a bordo de meteoritos y acabó fundido en anillos, cálices y circuitos. Símbolo de lo divino, del poder y de la eternidad, este metal precioso ha fascinado a la humanidad durante milenios. Hoy, la ciencia sigue explorando las vetas de su potencial como material biocompatible, conductor y atómico.

Qué es el oro

Su nombre químico es muy adecuado: aurum, que significa “amanecer brillante”. En la tabla periódica ocupa el número atómico 79, con configuración [Xe] 4f¹⁴5d¹⁰6s¹. Es denso —19,3 gramos por centímetro cúbico—, maleable, inmune al óxido y tan estable que puede permanecer inalterado durante siglos.

Esa durabilidad es fruto de un fenómeno físico poco intuitivo: los efectos relativistas. En el oro, los electrones más cercanos al núcleo se mueven tan rápido —casi a la velocidad de la luz— que su masa aumenta ligeramente. Ese efecto relativista hace que las capas internas se contraigan y que las externas se expandan un poco. Por eso el oro refleja la luz de una forma única y muestra ese tono cálido y dorado.

La estructura de capas de Kossel del oro revela su orden interno: 79 electrones distribuidos en siete niveles, la arquitectura atómica de su brillo eterno. Fuente: WebElements, University of Sheffield

Aunque escaso en la corteza terrestre, el oro es más abundante que otros metales nobles como el iridio o el rodio. Su única forma estable es el isótopo 197Au, del que derivan las variaciones atómicas que interesan hoy a la ciencia: clústeres, nanopartículas y complejos que amplían las fronteras de la catálisis y la biomedicina. En los últimos años, esta versatilidad ha desencadenado en la química una auténtica “fiebre del oro” en la catálisis homogénea, un campo en el que el oro —disuelto junto con los reactivos en una mezcla líquida— actúa como acelerador de reacciones químicas. Esa propiedad ha permitido descubrir numerosos procesos útiles para la síntesis de moléculas complejas aplicables a fármacos y materiales avanzados.

El origen del oro en la Tierra

La historia del oro comenzó mucho antes que la de la Tierra. Una hipótesis sostiene que se formó en colisiones de estrellas de neutrones, eventos cósmicos tan violentos que generan ondas gravitacionales y expulsan nubes de elementos pesados al espacio. En una sola colisión pueden crearse entre tres y trece veces la masa terrestre en oro. Los fragmentos que viajaron por el cosmos terminaron incorporándose a los meteoritos que bombardearon nuestro planeta primitivo, hace unos 4.000 millones de años. Cada pepita es el recuerdo de un viaje interestelar. 

Fruto de esa lluvia de asteroides, el mayor depósito de oro del mundo se esconde bajo las colinas de Sudáfrica, en la cuenca de Witwatersrand, una formación de más de 2.700 millones de años situada en el antiguo cratón de Kaapvaal. En ese conjunto de rocas sedimentarias se concentra más de un tercio de todo el oro extraído por la humanidad.

La formación de este depósito comenzó en mares poco profundos, donde antiguos ríos arrastraban arenas, cuarzo y diminutos granos de oro. Con el tiempo, esos sedimentos quedaron enterrados y se transformaron en capas de roca llamadas conglomerados auríferos. Se cree que incluso microorganismos primitivos ayudaron a concentrar el metal, atrapándolo en finas capas ricas en carbono. Después, movimientos de placas, el impacto de un meteorito —el cráter de Vredefort es visible desde el espacio— y la intrusión de grandes masas de magma fundieron y desplazaron parte de ese oro, pero sin hacerlo desaparecer. En el subsuelo del Witwatersrand hay seis veces más oro que en el segundo mayor yacimiento del planeta. La extracción de esas vetas dio origen a Johannesburgo y marcó la historia económica de Sudáfrica.

Situación del cráter de Vredefort y concentraciones de minas de oro cercanas a la ciudad de Johannesburgo. Fuente: Elaboración propia.

Hasta hoy, se han descubierto en el mundo unas 244.000 toneladas métricas de oro: 187.000 ya extraídas y 57.000 aún bajo tierra. La mayor parte procede de sólo tres países —China, Australia y Sudáfrica—, con Estados Unidos en cuarto lugar. Si se fundiera, todo ese oro cabría en un cubo de 23 metros de lado.

Las unidades de medida y colores del oro, el lenguaje de la joyería

El oro se mide en quilates, que indican su pureza: 24 quilates equivalen a un 99,9 % de oro puro, mientras que las joyas más comunes suelen ser de 18 K (18 partes de oro y 6 de otros metales) o de 14 K. Por ejemplo, una barra de oro con una ley de 999 contiene un 99,9 % de oro puro.

En el comercio internacional, la unidad estándar es la onza troy, ligeramente más pesada que la convencional: una onza troy equivale a 31,103 gramos. En el sistema métrico se usa el gramo, especialmente en joyería, mientras que en partes de Asia aún es común la tola, una medida tradicional equivalente a 11,66 gramos.

Las aleaciones modifican el tono del oro y su dureza. El oro rosa combina oro con cobre; el blanco, con paladio o níquel; y el verde, con plata. Este último, cuando se da de forma natural, se conoce como electro o electrum, una mezcla de oro y plata muy valorada en la Antigüedad. En joyería moderna, las proporciones varían: el verde suave de 18 quilates contiene un 75 % de oro y un 25 % de plata; el verde claro de 18 quilates, 75 % de oro, 23 % de cobre y 2 % de cadmio —una composición hoy descartada por su toxicidad—; y el verde clásico de 14 quilates, 58,5 % de oro, 35 % de plata, 6,25 % de cobre y una pequeña fracción de zinc.

Cuanta más plata contenga la aleación de oro, más blanco será. El oro rosa contiene mayor cantidad de cobre. Las variedades verdes pueden incluir los tres elementos o sólo plata y oro. Fuente: Wikimedia Commons.

El oro invisible

Incluso cuando no brilla, el oro puede estar ahí. En muchos yacimientos del mundo, una parte importante del metal se extrae de los sulfuros, minerales como la pirita, conocidos popularmente como “oro de los tontos” por su parecido con el oro verdadero. Durante mucho tiempo se creyó que la pirita sólo contenía oro como impureza, pero estudios recientes muestran que el oro invisible está atrapado en su estructura cristalina.

Mediante técnicas de análisis a escala nanométrica, la ciencia ha revelado que las dislocaciones internas de la pirita —pequeñas imperfecciones en su red atómica— pueden concentrar oro, cobre, arsénico, plomo o bismuto, hasta un 3 % más que el resto del cristal. Estas zonas deformadas actúan como diminutas trampas donde el oro queda fijado, invisible incluso bajo el microscopio óptico.

Esta forma de oro, escondida en los defectos de los minerales, representa hoy una nueva frontera en la minería. No puede verse ni recogerse con una batea, como en las antiguas fiebres del oro, pero sostiene buena parte de la producción mundial.

Cristal cúbico de pirita con crecimiento helicoidal (4,5 cm). Mina Ampliación a Victoria, Navajún (La Rioja). Fotografía de Miguel Calvo. Fuente: Wikimedia Commons.

El oro y la economía

Desde las primeras monedas acuñadas en el siglo VII a.C. hasta los lingotes de los bancos centrales, el oro ha sido medida y garantía de riqueza. De hecho, su poder adquisitivo ha cambiado poco a lo largo de los milenios. En la Babilonia del siglo VI a.C., con una onza de oro se podían comprar unos 350 panes; hoy, casi quinientos. Esa estabilidad —que ninguna moneda de timbre ha logrado— mantiene vivo el valor del oro como refugio frente a la incertidumbre.

A medida que las civilizaciones crecieron, el oro dejó de ser un adorno para convertirse en patrón de confianza. Su rareza, su resistencia al desgaste y su brillo inalterable lo hicieron perfecto para representar valor. No se oxida, no se degrada y su cantidad en la Tierra es limitada, lo que lo protege de la inflación. Por eso, durante siglos, el oro viajó de los templos a los mercados y de los dioses a la banca.

Hasta finales del siglo XX, el patrón oro vinculó el valor de las monedas al del propio metal, con el objetivo de estabilizar las economías. Hoy las divisas ya no se basan en el oro, pero los países siguen almacenando grandes reservas. Estados Unidos, por ejemplo, custodia más de 260 millones de onzas troy.

El oro como material biocompatible

Su inercia química lo convirtió en un aliado de la medicina desde la Antigüedad. Los etruscos ya lo empleaban en prótesis dentales, y en Asia se han hallado cráneos de 4.000 años con incrustaciones de láminas de oro. Hoy, ese mismo rasgo de biocompatibilidad se aprovecha en forma de nanopartículas que pueden transportar fármacos o destruir células cancerosas mediante calor localizado.

Prótesis dental etrusca (reproducción, Europa, 1901–1930). Los etruscos, un pueblo que habitó la actual Toscana antes del auge de Roma, fueron los primeros en fabricar dentaduras postizas, ya en el siglo VII a. C., uniendo dientes humanos o de animales con bandas de oro. Fuente: Wellcome Collection.

Como el oro es un material biocompatible y no provoca rechazo en el organismo, estas nanopartículas se consideran excelentes candidatas para la llamada teragnosis del cáncer, una estrategia que combina terapia y diagnóstico en una sola herramienta.

Por ejemplo, se investigan las nanopartículas de oro para detectar y tratar el cáncer al mismo tiempo. Estas diminutas partículas —miles de veces más pequeñas que el grosor de un cabello— tienen propiedades ópticas que no existen en el oro común. Su color y la forma en que reflejan o absorben la luz cambian según su tamaño, lo que permite usarlas como sondas luminosas muy precisas para ver células y tejidos sin que pierdan brillo con el tiempo. Además, pueden transformar la luz en calor, gracias a un fenómeno llamado resonancia de plasmones superficiales, que ocurre cuando los electrones del oro vibran al ritmo de la luz. Esa capacidad se aprovecha para destruir células cancerosas mediante tratamientos con láser.

Oro y alquimia

Durante siglos, transformar o transmutar plomo en oro fue el sueño de los alquimistas. En 1701, el poderoso Augusto el Fuerte, elector de Sajonia, oyó que un joven prusiano, Johann Friedrich Böttger, había logrado la transmutación. Lo secuestró y lo mantuvo prisionero doce años, intentando arrancarle el secreto. Durante su encierro, Böttger realizó múltiples experimentos que no resultaron en oro, pero sí logró descubrir un nuevo método para producir porcelana, la llamada porcelana europea. Menos mal, porque así pudo salvar la cabeza.

El alquimista alemán Johann Friedrich Böttger (1682–1719) intentó fabricar oro artificial y, en el proceso, descubrió el método para producir porcelana europea. Fuente: Wikimedia Commons.

En 1941, la fabricación artificial del oro o chrysopoeia tuvo un renacimiento con la física atómica. Los físicos R. Sherr, K. T. Bainbridge y H. H. Anderson lograron transmutar mercurio en oro bombardeándolo con neutrones rápidos. Su estudio, publicado en Physical Review, demostró que de esas reacciones surgían tres isótopos radiactivos de oro —Au-198, Au-199 y otro de vida media de 48 minutos—, junto a varios de platino y mercurio. Era la primera evidencia experimental de que la vieja alquimia podía cumplirse en el laboratorio, aunque el resultado fuera inestable y fugaz.

Con los aceleradores de partículas, la hazaña de convertir otros elementos en oro es posible, pero poco práctica, ya que producir una milésima de gramo es más caro que producir una tonelada de oro natural. La transmutación, tal cual la soñaban los alquimistas medievales, sigue siendo fantasía.

El invento victoriano que ‘democratizó’ el oro

Con la Revolución Industrial cambió la visión popular del oro. En el siglo XVIII, Birmingham era la ciudad con más patentes del mundo, y una de ellas transformó para siempre la relación de las clases medias con el lujo: el electroplating, o galvanoplastia.

El periódico The Graphic (1874) describía así el proceso: “disolver plata o oro en agua con cianuro y usar una corriente eléctrica para depositar el metal sobre otro objeto”. El oro, en este proceso, era un polvo blanco, casi irreconocible, que recubría cucharas, relojes o marcos. Incluso una rosa.

Se cuenta que George Richards Elkington (1801–1865, Reino Unido), el inventor de la galvanoplastia, sumergió una rosa recién cortada para demostrar el invento al príncipe Alberto, gran admirador de la innovación técnica. Cuando la sacó del baño electrolítico, la flor había quedado transformada en una joya dorada: cada pétalo, cada nervadura, incluso una diminuta telaraña entre ellos, reproducidos con una precisión casi imposible para la mano humana.

Tetera de alpaca plateada mediante galvanoplastia, con detalles de marfil (Elkington & Co., Birmingham, 1857). Una pieza exquisita que combina grabados minuciosos y un refinado trabajo artesanal, ejemplo del esplendor de la orfebrería industrial del siglo XIX. Fuente: Encyclopedia of Design.

Detrás de ese aparente milagro hay pura electroquímica. El baño contenía una disolución de sales metálicas: el oro, disuelto en forma de iones cargados positivamente, se desplazaba hacia el objeto sumergido al cerrarse el circuito eléctrico. Allí, al recibir electrones del polo negativo, esos iones recuperaban su estado metálico y se adherían capa a capa a la superficie. Cada átomo encontraba su sitio guiado por la corriente, como un ejército de partículas obedeciendo a una orden invisible.

Pero el público quedó fascinado. Elkington obtuvo el patrocinio del propio príncipe, y la galvanoplastia se expandió por las fábricas y talleres de Europa. Incluso se propusieron varias patentes para aplicar el método a cadáveres como método de embalsamamiento. Paradójicamente, aquel proceso que recubría los objetos de oro acabó despojando al oro de su exclusividad. El lustre que durante siglos había sido privilegio de reyes se volvió, al fin, común.

El oro en el arte

Las primeras joyas de oro conocidas, halladas en Varna (Bulgaria), datan de hace más de 6000 años. Desde entonces, el oro ha representado el poder del sol, la divinidad o la eternidad. En el mundo cristiano sobrevivió a la austeridad religiosa porque simbolizaba lo inmaterial. De ahí que los iconos bizantinos lo usaran como metáfora de la luz divina.

Tumba de la necrópolis de Varna (Bulgaria), ca. 4600 a. C. Contiene las joyas de oro más antiguas descubiertas hasta ahora en el mundo. Fuente: Wikimedia Commons.

Durante el Renacimiento, artistas como Sandro Botticelli (1445–1510, Italia), que había sido aprendiz de orfebre, aplicaban toques dorados a sus pinturas para evocar lo sagrado. Más tarde, el escultor Benvenuto Cellini (1500–1571, Italia) llevó la orfebrería al límite en su célebre Salero de Francisco I, una pieza de tres años de trabajo que fusiona mito, sensualidad y técnica. Es la única de sus obras que ha sobrevivido, pero basta para entender cómo el oro podía transformar la materia en prestigio.

Salero de Benvenuto Cellini, realizado para Francisco I de Francia (1540–1543).
Oro parcialmente esmaltado, con base de ébano. Representa las figuras alegóricas de la Tierra y el Mar. Kunsthistorisches Museum, Viena. Fuente: Wikimedia Commons.

El siglo XIX devaluó el valor simbólico del oro. Con el electroplating, los metales preciosos perdieron su exclusividad y su aura espiritual. Pero el arte intentó devolvérsela: Gustav Klimt (1862–1918, Austria) lo convirtió en símbolo del amor y del erotismo, fusionando cuerpo y luz en su célebre El beso (1908).

Más de un siglo después, Shahzia Sikander (n. 1969, Pakistán–EE. UU.) recupera el oro para hablar de lo sagrado desde una mirada contemporánea. En sus obras combina pan de oro y técnicas de miniatura islámica para cuestionar la identidad, la espiritualidad y la herencia colonial. Su figura monumental Witness (2023), instalada frente al Tribunal de Apelaciones de Manhattan, representa a una deidad femenina adornada con una falda de mosaico caligráfico donde se lee havah —“aire”, en urdu—. Su resplandor dorado, visible incluso en los días grises del invierno neoyorquino, atrae a los paseantes como una llama que reinterpreta el poder y la fe en clave femenina.

Witness (2023), una de las esculturas que componen la intervención de Sahzia Sikander para el Tribunal de Apelaciones de Nueva York. Fotografía de Chris Roque. Fuente: sahziasikander.com

¿El oro es indestructible?

Durante la Segunda Guerra Mundial, el laboratorio del físico Niels Bohr (1885–1962) en Copenhague se convirtió en escenario de una historia digna de novela. Allí se habían escondido las medallas Nobel de los científicos alemanes Max von Laue y James Franck, enviadas en secreto fuera de Alemania cuando el régimen nazi prohibió sacar oro del país. Si los invasores las encontraban, los dueños de las medallas y quienes las habían protegido podían ser arrestados.

Pero el químico húngaro George de Hevesy, colaborador de Bohr, tenía un plan: hacer desaparecer el oro. Así que recurrió al único método conocido para disolverlo: el agua regia, una mezcla de ácido clorhídrico y nítrico en proporción tres a uno. Por separado, ninguno de los dos ácidos puede atacar el oro; juntos, sin embargo, reaccionan en cadena. El ácido nítrico oxida una pequeñísima parte del metal, generando iones de oro, y el clorhídrico los atrapa formando un compuesto soluble. Poco a poco, el metal más noble del mundo se convierte en una solución anaranjada de cloroaurato. Disolver dos medallas de 200 gramos no fue rápido, pero el plan funcionó. Cuando las tropas nazis registraron el laboratorio, pasaron por delante de los frascos sin sospechar nada.

Años después, al acabar la guerra, De Hevesy recuperó el metal utilizando otro reactivo que precipitó el oro puro desde la solución. El material fue devuelto a la Fundación Nobel, que volvió a fundir las medallas originales. Curiosamente, el propio De Hevesy recibiría su propio Premio Nobel poco tiempo después, aunque no por su subterfugio, sino por su trabajo pionero en el uso de isótopos como trazadores biológicos.

¿El oro es indestructible?

Leyendas de oro y ciencia

Cuenta la leyenda que Arquímedes (287–212 a. C., Sicilia) resolvió un fraude sin tocar el objeto del delito. En el siglo III a. C., el rey Hierón II de Siracusa le pidió comprobar si la corona de oro que había encargado —una corona votiva en forma de guirnalda, similar a las que se ofrecían a los dioses en la Grecia antigua— era realmente de oro puro. Sospechaba que el orfebre había sustituido parte del metal por plata, pero no podía dañar la pieza, consagrada a los templos.

Según relató siglos después el arquitecto romano Vitruvio, Arquímedes tuvo la idea mientras tomaba un baño. Al ver cómo el agua se desbordaba al sumergirse, comprendió que podía medir el volumen de un cuerpo por la cantidad de agua desplazada. Si la corona y un lingote de oro del mismo peso desplazaban distinto volumen, la más voluminosa —de menor densidad— contendría plata u otro metal más ligero.

La imagen del sabio corriendo desnudo por las calles de Siracusa gritando “¡Eureka!” pertenece a la leyenda, pero el principio físico era correcto: un objeto sumergido en un fluido desplaza un volumen de agua igual al suyo propio. A partir de esa observación, Arquímedes formuló lo que hoy se conoce como principio de flotación o de Arquímedes, base de la hidrostática moderna.

Sin embargo, el método descrito por Vitruvio habría sido difícil de aplicar con la precisión necesaria. El cambio de nivel del agua sería de apenas cuatro décimas de milímetro, demasiado pequeño para observarlo a simple vista. Actualmente, se cree que Arquímedes utilizó una versión más ingeniosa: una balanza de brazos iguales sumergida en agua. Si la corona no era de oro puro, el desequilibrio entre los pesos —debido a la diferencia de densidades— delataría el engaño.

La edad dorada de la tecnología

Aunque más de tres cuartas partes del oro fabricado se destina a joyería, este metal es también un componente esencial de la tecnología moderna. Está presente en ordenadores, satélites, motores de aviación y sistemas de comunicación, donde garantiza contactos eléctricos estables y resistencia a la corrosión.

El oro también ha conquistado el espacio. Desde los primeros satélites, la NASA lo utiliza para revestir visores, antenas y paneles reflectantes, protegiéndolos del calor y de la radiación solar. El mismo brillo que adorna una joya sirve para mantener fríos los instrumentos científicos y proteger los ojos de los astronautas.

En 1996, la misión Mars Global Surveyor viajó a Marte con un espejo recubierto por el proceso Laser Gold®, desarrollado por Epner Technology en Nueva York. Este recubrimiento electroquímico alcanzaba un 99,4 % de reflectividad en el rango infrarrojo, un logro clave para medir con precisión la superficie marciana mediante pulsos láser.

Esa misma pureza óptica brilla hoy en los dieciocho espejos hexagonales del telescopio James Webb, cada uno cubierto por una capa de oro de apenas 100 nanómetros de espesor. Invisible a simple vista, ese velo metálico refleja la luz más antigua del universo y nos permite observar el nacimiento de las primeras galaxias.

De manera que el oro es mucho más que un metal precioso. Es el eco de una colisión estelar, un símbolo de fe y de deseo, una herramienta científica y una metáfora de lo eterno. Representa el poder, el amor y la luz —pero también la búsqueda humana de lo imposible. Hoy, mientras la ciencia lo emplea en terapias, sensores y telescopios, el oro recobra una nueva vida, menos material y más vital, que hace brillar el conocimiento científico.

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